Hoy volví a tener una cita con él. Estaba donde siempre. Imperturbable. Con sus curvas y sus pendientes. Silencioso como acostumbra, salvo que sople el viento. Radiante por fuera, pero triste por dentro. No paraba de llorar hojas de otoño, porque los visitantes le han dejado de lado desde que el verano se fue. Pero hoy estaba yo. Él y yo. Solos. En la intimidad.
Larrau me quiere, porque siempre me está seduciendo para que le haga una visita. Me llama y me muestra sus mejores encantos. Sus carreteras empinadas que miran al cielo, sus verdes praderas y el misterioso silencio que te cautiva y te hace sentir en el paraíso.
Larrau me odia, porque una vez atrapado, sus rampas contienen el veneno de los dos dígitos. Constante y torturador. No da tregua. A cada pedalada un mundo. Un infierno que hace que cada vez estemos un pedacito más cerca de la gloria. Me odia porque me deja sin oxigeno y hace que no pueda respirar. Me aprieta y me hace sentir que soy un juguete en sus manos. En la soledad él y yo. Nadie más, salvo ganado y algún cuervo despistado. El sufrimiento sin límites. El sufrimiento que se toma un respiro después de la descomunal rampa del col de Erroymendi, pero que nos hace mirar al cielo y ver el impresionante zig-zag final a las faldas del Orhi como preludio de la angustia final.
Larrau me mata porque siempre me deja vacío y sin fuerzas. Me mata por sus vistas y sus paisajes. Los Pirineos rocosos al fondo, la selva de Irati y el pico Orhi. Me mata por su silencio cómplice y el misticismo de su entorno. Me mata porque me sirve para reflexionar y adentrarme en pueblos como Ochagavía, Ezcaroz, Izalzu u Oronz, poblados por unas gentes sencillas y maravillosas.
Larrau me mata porque no puedo vivir sin él, ni con él tampoco, y porque sé que me guardará fidelidad eterna.
Hasta el año que viene, mi querido Rey de los Pirineos.
P.D.: No hay ninguna foto porque los garrulos de la FNAC tienen mi cámara desde hace mes y medio…






























