martes 11 de octubre de 2011

Larrau me quiere. Larrau me odia. Larrau me mata

Hoy volví a tener una cita con él. Estaba donde siempre. Imperturbable. Con sus curvas y sus pendientes. Silencioso como acostumbra, salvo que sople el viento. Radiante por fuera, pero triste por dentro. No paraba de llorar hojas de otoño, porque los visitantes le han dejado de lado desde que el verano se fue. Pero hoy estaba yo. Él y yo. Solos. En la intimidad.

Larrau me quiere, porque siempre me está seduciendo para que le haga una visita. Me llama y me muestra sus mejores encantos. Sus carreteras empinadas que miran al cielo, sus verdes praderas y el misterioso silencio que te cautiva y te hace sentir en el paraíso.

Larrau me odia, porque una vez atrapado, sus rampas contienen el veneno de los dos dígitos. Constante y torturador. No da tregua. A cada pedalada un mundo. Un infierno que hace que cada vez estemos un pedacito más cerca de la gloria. Me odia porque me deja sin oxigeno y hace que no pueda respirar. Me aprieta y me hace sentir que soy un juguete en sus manos. En la soledad él y yo. Nadie más, salvo ganado y algún cuervo despistado. El sufrimiento sin límites. El sufrimiento que se toma un respiro después de la descomunal rampa del col de Erroymendi, pero que nos hace mirar al cielo y ver el impresionante zig-zag final a las faldas del Orhi como preludio de la angustia final.

Larrau me mata porque siempre me deja vacío y sin fuerzas. Me mata por sus vistas y sus paisajes. Los Pirineos rocosos al fondo, la selva de Irati y el pico Orhi. Me mata por su silencio cómplice y el misticismo de su entorno. Me mata porque me sirve para reflexionar y adentrarme en pueblos como Ochagavía, Ezcaroz, Izalzu u Oronz, poblados por unas gentes sencillas y maravillosas.

Larrau me mata porque no puedo vivir sin él, ni con él tampoco, y porque sé que me guardará fidelidad eterna.

Hasta el año que viene, mi querido Rey de los Pirineos.

P.D.: No hay ninguna foto porque los garrulos de la FNAC tienen mi cámara desde hace mes y medio…

jueves 26 de mayo de 2011

La sonrisa de Xavi Tondo

El pelotón y los aficionados echaremos de menos tu eterna sonrisa.

lunes 22 de noviembre de 2010

Serpenteando Lapurdi: Donde las carreteras miran al cielo

La zona interior de Lapurdi es una auténtica desconocida para el cicloturista. Hace unos años me enteré a través de la web de Altimetrías de la existencia de una TERRORÍFICA subida llamada Artzamendi... y cómo la "necesidad" por conocer subidas y pendientes es algo inherente a mí, no tuve más remedio que ir a intentar reconocerlo in situ en cuanto se presentó la oportunidad.

Partí desde Irún, y a través de Behobia me adentré en uno de esos pequeños y particulares pueblos del País Vasco Francés; Urruña. Un pueblo donde la gente vive apaciblemente. Donde sus panaderos no conocen el stress ni las prisas; y donde los ancianos pasan una buena mañana de otoño soleado de esta manera:

Urruña es un pueblo que recuerda con orgullo el pasado de sus vecinos, y le rinde un homenaje que toma forma de escultura:

De camino a Ascain, llegué hasta el cruce en el que da comienzo la subida por la cara norte al col de Ibardin, puerto que se hizo famoso a principios-mediados de los 90 por ser final de la etapa reina de la Vuelta al País Vasco-Euskal Herriko Itzulia. Junto al clásico encadenado de Aritxulegi-Agiña, formaba parte del recorrido final en el que Tony Rominger o Claudio Chiappucci gestaron sus victorias. Era, y es, el lugar donde se situaban las "Douanes Françaises".


En este tramo de camino a Ascain, me encontré con un grupo de cicloturistas "veteranos" de Biarritz que se aprovecharon de mi rueda... (y eso que iba con la MTB!!!!)... para, más adelante, pegarme unos acelerones y dejarme "tirau". "Mercy, mercy" me decían después de "chupar rueda" y salir por el córner.


Ya en Ascain paré junto a ellos en una fuente para recoger agua, al parecer un bien escaso en Iparralde, porque las fuentes brillan por su ausencia. Ahora no tenía mucha necesidad... pero unos kilómetros más adelante agradecí llenar el bidón hasta la misma boca del bidón.

Y en esas estaba, cuando se me acercó uno de los cicloturistas (que tenía la extraña manía de llevar las cámaras de repuesto por debajo del culotte) y me preguntó: "Where are you from? Holland?... Ya empezamos. Malditos genes... Sin saber muy bien cómo, nos entendimos, y al final conseguí ponerme a su rueda hasta Saint Pé-Sur Nivelle/Senpere, pueblo famoso en esta zona porque en su lago se celebra anualmente Herri Urrats, una fiesta de día para reivindicar el uso del euskera.



En Senpere, mis compañeros de viaje tomaron dirección hacia Biarritz. Me despedí de uno de ellos y aproveché para repostar, y cargar la gasolina. Las panaderías de Francia, ya sea en el norte o en el sur, son una gozada porque te puedes encontrar de todo: bocadillos, unos pasteles que te saben a gloria, "quiches" y hasta pizzas. Aquí tenéis una imagen de la pizza que hizo las funciones de barritas energéticas. Sinceramente, no hay color:


En Senpere además de panaderías con pizzas, también tienen un precioso frontón, típico de la zona de iparralde, de una sola pared, pero con un encanto especial:


Después de esto, parecía que Artzamendi iba a ser un poco menos duro, aunque la realidad siempre me demuestra que soy demasiado iluso. En cualquier caso, continué con mi ruta programada. Uno de los cicloturistas con los que me encontré en Ascain me recomendó hacer la subida por Itxasu, cruzando el precioso y singular Pas de Roland, pero como soy así de idiota y me veía con fuerzas decidí tirar hasta Ezpeleta, el pueblo en el que los enamorados de los pimientos encontrarán su particular paraiso.
El rojo inunda un pueblo en el que hay pimientos y más pimientos colgados de las casas. Eso sí, cuenta con una gente agradable y que te ayuda si no encuentras el camino. En una pequeña tienda de muebles o antigüedades pregunté a un señor de mediana edad por donde se llegaba hasta Artzamendi y en poco menos de 2 minutos ya tenía rodeado a un pequeño grupo mostrándome la dirección que tenía que tomar. El buen señor parece que me quería indicar la ruta más "sencilla", pero tampoco acertaba, ni siquiera con un mapa que tenía, a dar con el camino correcto. Otro chico más joven le dijo algo así como: "por aquí, por aquí también puede...". Y sonrió. Unos kilómetros más tarde maldeciría esa sonrisa. Y es que, en cuanto tomas este cruce...


... comienza el sufrimiento. En pocos metros la carretera se empina de una manera bestial. Es en este punto de Lapurdi donde las carreteras miran al cielo. Pendientes de 15, 18, 19 y hasta el 22 0 23%... que se suceden practicamente sin descanso.


La subida a Legarre no da ni un momento de respiro. Hay un momento en el que ves marcado 19,2% en el suelo, y se te cae el alma a los pies.

Hasta que coronas y piensas que lo peor de esta primera parte de la subida ya ha pasado. Es ahí cuando llega el gran error, porque los kilómetros siguientes son un continuo "sube-baja" de "rampones" que te dejan las piernas en carne viva. La siguiente foto es un ejemplo del recorrido hasta que se llega al segundo cruce que va hacia Artzamendi:


Subir, bajar, volver a subir, etc. Es un terreno que te cansa sobre todo psicologicamente. Pero no queda más remedio que continuar. Aunque cuando mires atrás, no te quede más remedio que pensar: "¿por ahí voy a volver?"


Continúo mi camino, y en el cruce me dejo caer en dirección a Itxasu, porque el camino al lado del río, y entre las sombras, es precioso:


Los escasos habitantes de la zona ya han recogido suficiente leña para no pasar frío en invierno. En este ambiente, todo tiene aroma a tradiciones que se siguen cumpliendo a rajatabla. Están acostumbrados a un estilo de vida sencillo y tranquilo que despierta cierta envidia.


El caso es que llegados a este punto, vuelvo a dar media vuelta, y por el camino por el que he venido, llego hasta el desvío que tengo que tomar para, por lo menos, intentar llegar hasta Artzamendi. La carretera se vuelve a empinar...



Y aunque, en este punto la subida alterna rampas de dos dígitos con descansillos "que saben a gloria", la carretera por su estructura, no da tregua. En este momento doy gracias a que he elegido la mountain bike (a pesar de haber tenido que chuparme unos 50 o 60 kilómetros de carrtera y no esté demasiado acostumbrado a ella).

Me sorprende la cantidad de coches que suben por esta carretera, pero claro, un poco más adelante me encuentro esto:


Saint Pierre (¡qué nombre más bonito!), un restaurante para los montañeros de la zona... bueno, y para los no tan de la zona. Creo que pocas veces un par de Coca Colas me supieron tan bien. Hablo un rato con el camarero, un chico joven. Me vuelve a confundir con un tipo ¿holandés?¿inglés?... Ya me da igual... El tio es un artista, se desenvuelve con soltura en inglés, habla castellano con una facilidad pasmosa y terminamos hablando en euskera. Le pido que me llene el botellín con "eau de garraf"... porque en Iparralde ¡no hay fuentes!. Me da ánimos, aunque lo que hubiese agradecido serían un par de plátanos, que dicen que van bien para los calambres (creo que es de la posición en la MTB). El camarero me anima diciendo que ya queda no me queda mucho, pero... bueno... (mejor lo dejamos en puntos suspensivos).

El caso es que vuelvo a reemprender la marcha y me encuentro con esto:



¿Qué hace un sidecar por aquí?

A partir de este momento, la subida da pocos momentos de tregua...



"Curva de herradura. ¡Cómo cuesta esto!", pienso. Pero el horror esta por llegar...


Y es que pasado el descansillo que precede a la bifurcación (se toma el camino de la izquierda)... la carretera se vuelve a empinar y el asfalto se convierte en el mayor handicap. Hay tantos socavones y tanta gravilla suelta, que hasta a los coches (no sé ni cómo se meten por ahí) les cuesta traccionar. Aquí una sucesión de imágenes de esta deteriorada parte final de la subida:



Y también una visión un poco más panorámica de este tramo de la subida:


Poco a poco se llega hasta el col de Mehatse, a 716 metros de altitud:


Detrás del collado que se aprecia en la imagen está Artzamendi... aunque está vez me planté aquí. Teniendo en cuenta cómo estaba el asfalto, los calambres que tenía en los muslos (raro) y el tiempo de luz que me quedaba (que después me hicieron cambiar algo los planes), decidí parar y quedarme a disfrutar de las vistas que ofrece el collado de Mehatse...


A un lado las cimas nevadas de los Pirineos...


Al otro, el Oceano Atlántico:


Y sobre todo, la paz que transmiten esos pequeños prados...


De ahí, media vuelta... y otra vuelta de tuerca al sufrimiento. Volví a meterme por el lugar equivocado, y terminé con ganas de hacer la de Rijs en la contrarreloj final del Tour de 1997. Y es que un terreno tan complicado termina por hundirte física y psicologicamente (y sino que se lo digan a un matrimonio de mediana edad que me vio con la lengua fuera en uno de los infinitos repechos que me tocaban a la vuelta), porque como lo he comentado, en esta zona de Lapurdi, las carreteras toman la vía más directa en dirección al cielo.


Perfil de Artzamendi por Mondarrain (www.altimetrias.net)


domingo 1 de agosto de 2010

Entre los valles de Leitzaran y Basaburua

Añado una entrada después de mucho tiempo. La semana pasada realicé una ruta en bicicleta que tenía ganas de realizar desde hace tiempo. Rodando siempre entre la frontera de Gipuzkoa y Navarra, descubrí unas carreteras muy poco transitadas por el tráfico. Un paraiso para el cicloturista con continuos repechos y descansos jalonados por pueblos que te remontan a unos años atrás, pero que su gente te hace reconciliarte con el mundo más urbano y egoista.

El perfil:

Saliendo de casa, ya se empieza a subir... (hasta el kilómetro 35 podría ser parte del recorrido de la etapa del Tour si finalmente sale de Tolosa en 2014).

Poco a poco llego a Berastegi. Último pueblo gipuzkoano en la frontera con Navarra.

Esta pequeña ermita en un repecho que se agarra nada más salir del pueblo.

Y poco a poco llego a Arteleku. Yo le llamo San Antón (antes lo veía así). No es que el puerto en sí sea duro, pero el terreno desde Berrobi que empiezas a subir se hace pestoso y se agarra.

Empiezo a subir el puerto de Ezkurra (también llamado Usotegieta o Basakabi) y veo los primeros molinos de viento a lo alto.

Y a falta de cartel en la cima, pues pongo una foto del abandonado hotel Basakabi.

Este monte que se ve al fondo lo veo desde mi trabajo, sobre todo cuando está nevado.

Hasta que llego al pequeño y bonito pueblo de Ezkurra.

A mí al menos, me parece bonito.

Tirando hacia Santesteban, tomo el cruce hacia Saldías. Una subida de 2,5 kilómetros muy exigente en cuanto a rampas. Menos mal que hay algún descansillo. Una trampa en toda regla.

Otro ejemplo de una rampa al final de la subida.

Al fondo, creo, los Pirineos Atlánticos.

Hasta que llego al pueblo. Tengo que bajar a cuarenta... jejeje

Otro pueblo precioso... precioso. Perdido y en calma total.

La dueña del hostal-bar en este caserón, una señora de unos 40 años, encantadora.

Lo dejo atrás. ¿No es realmente precioso?

A partir de ahora, entro en un profundo bosque.

Denso, muy espeso y sin tráfico.

La carretera serpentea. El desnivel disminuye. Es un placer rodar por aquí.

Hasta que llegas al pueblo de Orokieta.

En estas carreteras te da la sensación de estar en medio de la naturaleza más salvaje. La tranquilidad y la ausencia de tráfico se agradece enormemente.

Y en Beruete, tomo la carretera de la izquierda...

... de camino a Lekunberri. ¡A seguir subiendo!

... mientras el pequeño pueblo, que parece que lo han plantado, va haciéndose cada vez más minúsculo.

Tras una rampa corta pero durísima, llega un pronunciado descenso que me lleva hasta Aldatz. Otro pueblo con encanto.

Y para rematar, el viento en contra.

El pueblo, con esos caseríos enormes, pasa por el medio... en una carretera que me recuerda al paso por el pueblo en el puerto del Morredero.

Enorme este caserío.

Y la iglesia, no en una buena toma.

A partir de ahí, bajo a Lekunberri, corono Azpiroz por su vertiente light y me dejo caer hasta casa. Ha sido una ruta más dura de lo que pensaba.